Jaume Bronchud | Para cualquiera de nosotros, las Fallas son una de las fiestas más impresionantes del mundo. Podemos repetir como una letanía que fueron declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2016 y mil bondades más… Sin embargo, su popularidad genera problemas, su materialización es cada vez más costosa – y no hablamos de dinero – y una sombra, peligrosa y perversa, se cierne año tras año sobre ella: la masificación. El exceso visitantes, que a priori debe resultar fantástico, sumado al crecimiento exponencial de la propia fiesta ha derivado en distintos retos que afectan tanto a la experiencia fallera como a la convivencia en la ciudad.

Las Fallas atraen a cientos de miles de visitantes cada año, pero el flujo masivo de turistas también tiene sus consecuencias. Las calles se colapsan, los precios se disparan y la esencia de la fiesta se diluye entre un público que acude por el espectáculo y la oportunidad festiva de la calle, pero que a menudo no respeta la tradición simplemente porque la desconoce.

Los vecinos se quejan de que es imposible moverse por la ciudad en los días clave, lo que afecta tanto a la seguridad como a la calidad de la propia fiesta, no solo de la urbe. Y, en los últimos años, ese discurso se escucha también en el colectivo fallero que no pretende desafiar a la ciudad y a su lógica convivencia por mucha fiesta que celebre ni tener que sufrirla de un modo distinto al que siempre ha pretendido vivirla. En algunas zonas de la ciudad, el problema del «turismo de borrachera» distorsiona la imagen de la fiesta y genera molestias para los residentes al tiempo que ensucia la labor de los falleros. Y es que, este crecimiento descontrolado de las Fallas también ha puesto en peligro algunos de sus elementos más tradicionales. La comercialización excesiva conlleva a que se prioricen otras voluntades antes que la del colectivo, cuya defensa de los valores históricos y culturales de la Fiesta requiere de una mayor implicación por parte de todos, y especialmente de las instituciones.

Las Fallas nacieron como una expresión satírica del pueblo, pero muchas críticas apuntan a que se está perdiendo ese espíritu en favor de un evento más «para instagram» que para la reflexión. El colapso del transporte público, la imposibilidad de moverse en coche y la saturación de las calles son algunos de los problemas más evidentes de la masificación. La limpieza también se convierte en un reto titánico, cuyo trabajo además cubren las comisiones de manera solidaria para evitar problemas de higiene y seguridad.

A nadie sorprende que las Fallas generan un impacto económico millonario, beneficiando a sectores como la hostelería, el comercio y el turismo. A la propia ciudad, que encuentra en su fiesta mayor una gallina de huevos de oro, que debe cuidarse algo más. La dependencia económica no está exenta de riesgos: la subida de precios en estas fechas hace que algunos vecinos se sientan desplazados de su propia ciudad mientras que la prioridad por atraer turistas puede hacer que los falleros de toda la vida se sientan relegados en favor de un público más rentable pero mucho menos respetuoso con la fiesta, con la tradición y con la ciudad.

Aunque en los últimos años se han implementado medidas para hacer la fiesta más sostenible, como el uso de materiales menos tóxicos y el fomento del reciclaje en los casales falleros, el reto de la sostenibilidad sigue siendo enorme. Un equilibrio que el  crecimiento de la fiesta desbarata. La convivencia con los barrios es cada vez más complicada y los cortes de calles, el ruido constante y la presencia masiva de visitantes hacen que la vida cotidiana en Valencia durante las Fallas sea un desafío para los residentes que no participan directamente en la celebración. También para el fallero que se siente invadido y apartado. Encontrar el equilibrio entre la tradición y la convivencia es un reto que las instituciones deben abordar, el fallero debe complementar y el vecino debe pretender. Porque también el no fallero debe de entender que estas son las fiestas del pueblo y que las mismas son inevitables y necesarias.

A pesar de los problemas de masificación, los casales falleros siguen siendo el alma de la fiesta. Son espacios de hermandad y tradición donde los falleros trabajan durante todo el año para dar vida a su falla. El futuro, pues, de las Fallas debe pasar por encontrar un equilibrio entre el crecimiento y la preservación de su esencia controlando el turismo masivo, promoviendo uno más consciente que valore la cultura fallera más allá de la fiesta, garantizando la convivencia y fomentando la sostenibilidad. Todos y entre todos.

Las Fallas son una tradición viva que ha sabido adaptarse a lo largo de los siglos. El reto actual es encontrar la manera de seguir creciendo sin perder su alma, para que las futuras generaciones puedan seguir disfrutando de esta fiesta sin que el éxito acabe con su esencia. Morir de éxito no es una opción que nadie pueda permitirse.

📷 José Espolín y Manuel de Zayas